La Septuagésima: un repaso

Traducción realizada el 28 de enero de 2016 por Jules para CatólicasMéxico

Tema El cautiverio en Babilonia, la caída del hombre
Color Morado
Sentimiento Penitencia
Símbolos Cadenas, lágrimas, Jeremías
Duración Del domingo de la Septuagésima hasta Martes de Carnaval

La Septuagésima[1] y la Cuaresma son ambas tiempos de penitencia. El ayuno durante la Septuagésima es voluntario, en vista del gran ayuno obligatorio de Cuaresma. Los temas: el exilio en Babilonia, y las vicisitudes que tenemos que sufrir en este cuerpo mortal mientras esperamos a la Jerusalén celeste. La sobriedad y lo sombrío reinan en la liturgia; el Aleluya y el Gloria se proscriben.

Los domingos de la Septuagésima se llaman así por la manera en que distan del tiempo de Pascua:

  • La primera domínica de Septuagésima da nombre a toda la temporada llamada “Septuagésima”. Septuagesima significa “septuagésima”, pues el primer domingo de la temporada viene aproximadamente setenta días antes de Pascua. Este setenta representa los setenta años del cautiverio en Babilonia. Es en este domingo que se suprime al Aleluya, para no volverlo a oír hasta la Vigilia Pascual.
  • El segundo domingo de la Septuagésima se llama Sexagesima, que significa “sexagésima”; cae alrededor de sesenta días antes de Pascua.
  • La tercera domínica de Septuagésima se llama Quinquagesima, que significa “quincuagésima”; viene cosa de cincuenta días antes de Pascua.

Quadragesima significa “cuadragésima”, cuarenta días antes de Pascua; es la primera domínica de la Cuaresma y el nombre latín de toda esta temporada.

Durante la corta Septuagésima y a lo largo de la Cuaresma (la siguiente temporada), se notará un creciente sentido de penitencia y de lo sombrío, que culminará en el Tiempo de la Pasión (las dos últimas semanas de Cuaresma) y que terminará de modo abrupto y alegre en la Vigilia Pascual, el Sábado Santo, cuando vuelva el Aleluya y el Cuerpo de Cristo sea restaurado y glorificado.

Lectura
“Mística del Tiempo de Septuagésima”
De El año litúrgico de dom Próspero Gueranger

El tiempo que empezamos encierra profundos misterios que no son exclusivos de las tres semanas que debemos recorrer hasta llegar a la santa Cuaresma, sino que se extienden al período entero que nos separa de la gran solemnidad pascual.

DOS ÉPOCAS. — El número septenario es el fundamento de estos misterios. “Hay dos tiempos, dice san Agustín en su explicación del salmo CXLVIII: el uno se desarrolla ahora entre las tentaciones y tribulaciones de esta vida; el otro transcurrirá en seguridad y alegría eternas. Celebramos ambos; el primero antes de Pascua, el segundo después de Pascua. El tiempo antes de Pascua expresa los apuros de la vida presente, el tiempo después de Pascua significa la bienaventuranza que gozaremos un día. Esta es la razón de por qué pasamos el primer período en ayuno y oración, mientras el segundo está consagrado a cánticos de alegría y entre tanto se suspenden los ayunos.”

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DOS LUGARES. — La Iglesia, intérprete autorizada de las Sagradas Escrituras, nos muestra, en conexión directa con los dos tiempos de san Agustín, a las dos ciudades de Babilonia y Jerusalén. La primera es símbolo de este mundo pecador; el cristiano ha de vivir aquí el tiempo de prueba. La segunda es la patria celestial, donde descansará de sus luchas. El pueblo de Israel, cuya historia toda no es más que una figura grandiosa del género humano, se vio realmente desterrado de Jerusalén y cautivo en Babilonia.
La cautividad de Babilonia duró 70 años. Para expresar este misterio ha fijado la Iglesia, según Alcuino, Amalario, Ivo de Chartres y en general todos los liturgistas de la edad media, el número septuagenario para los días de expiación, tomando, conforme al uso de las Sagradas Escrituras, el número empezado por el completo y acabado.

LAS SIETE EDADES DEL MUNDO. — La duración misma del mundo, conforme a las antiguas tradiciones cristianas, se divide en siete períodos. El género humano ha de recorrer siete etapas antes que surja el día de la vida eterna. La primera se extendió desde la creación de Adán hasta Noé; la segunda desde Noé y el diluvio hasta la vocación de Abrahán; la tercera comienza con este primer esbozo del pueblo de Dios y va hasta Moisés, por cuya mano dio el Señor la ley; la cuarta abarca desde Moisés a David, por quien empieza a reinar la casa de Judá; la quinta comprende la serie de siglos desde el reino de David hasta el cautiverio del pueblo judío en Babilonia; la sexta se extiende desde la vuelta del cautiverio hasta el nacimiento de Jesucristo. Llega finalmente la edad séptima; se abre con la aparición del Sol de justicia y ha de perdurar hasta el advenimiento del Juez de vivos y muertos. Estas son las grandes divisiones de los tiempos, tras las cuales no habrá más que eternidad.

EL SEPTENARIO DE ALEGRÍA. — Para alentar nuestros corazones en medio de los combates que jalonan el sendero de la vida, la Iglesia nos muestra otro septenario que debe seguir al que vamos a recorrer. Después de una Septuagésima de tristeza llegará Pascua con sus siete semanas de alegría a traernos un anticipo de los consuelos y delicias del cielo. Después de haber ayunado con Cristo y de haberle compadecido en su pasión, resucitaremos con él y nuestros corazones le seguirán hasta el cielo empíreo. Poco después sentiremos descender hasta nosotros el Espíritu Santo con sus siete dones. Así la celebración de tales y tantas maravillas reclamará de nuestra parte nada menos que siete semanas completas, desde Pascua hasta Pentecostés.

TIEMPO DE TRISTEZA. — Después de haber lanzado una mirada de esperanza a este futuro consolador, es menester volver a las realidades presentes. ¿Qué papel representaremos en este mundo? El de desterrados, cautivos, al alcance de todos los peligros que Babilonia entraña. Si amamos la patria, si tenemos empeño en volverla a ver, debemos repudiar los falsos atractivos de esta pérfida extranjera y arrojar lejos de nuestros labios la copa que embriaga a muchísimos de nuestros compañeros de cautiverio. Nos convida seductora a juegos y placeres, pero debemos colgar nuestras arpas en los sauces de sus ríos, hasta que nos sea franqueada la entrada en Jerusalén. Pretende decidirnos a entonar al menos los cánticos de Sion en su recinto, como si nuestro corazón pudiese encontrar satisfacción lejos de la patria, cuando un destierro eterno sería la expiación de nuestra infidelidad; mas “¿cómo podríamos cantar los cánticos del Señor en tierra extranjera?”[2]

RITOS DE PENITENCIA. — Estos sentimientos quiere infundirnos la Santa Madre Iglesia durante estos días; llama nuestra atención sobre los peligros que nos rodean dentro de nosotros mismos y en las criaturas que nos circundan. En el transcurso del año nos espolea a repetir el canto del cielo, el alegre aleluya, y henos aquí que hoy su mano sella nuestros labios y nos reprime el grito de alegría que no ha de resonar en Babilonia: “Estamos en camino, lejos del Señor”[3]; reservemos nuestros cánticos de alegría hasta llegar a Él. Somos pecadores y con excesiva frecuencia cómplices de los infieles; purifiquémonos por el arrepentimiento, porque está escrito: “las alabanzas del Señor pierden su hermosura en labios del pecador”[4].
La nota más característica del tiempo en que entramos es la supresión del Aleluya; no volverá a oírse en la tierra hasta que, habiendo muerto con Cristo, resucitemos con él para una vida nueva[5].
También se nos quita el cántico de los ángeles, el Gloria in excelsis Deo, que hemos cantado todos los domingos desde la Navidad del Redentor; sólo podremos cantarlo los días entre semana en que se celebre la fiesta de algún santo. El Oficio de la noche del domingo perderá igualmente, hasta Pascua, el himno ambrosiano, Te Deum laudamus. Al fin del Sacrificio el diácono no despedirá ya a la asamblea con estas palabras: Ite, Missa est; se limitará a invitar al pueblo cristiano a continuar su oración en silencio, bendiciendo al Dios de la misericordia, que nos sufre a pesar de nuestras iniquidades.
Después del Gradual de la Misa, en lugar del triple Aleluya que preparaba nuestros corazones a abrirse para escuchar la voz del mismo Señor con la lectura del Evangelio, oiremos la expresiva melodía del Tracto. Expresará sentimientos de arrepentimiento, de súplica angustiosa, de humilde confianza, sentimientos que debemos asimilarnos nosotros en estos días.

OTROS RITOS LITÚRGICOS. — Para que también nuestros ojos se den cuenta de que la etapa en que penetramos es un tiempo de duelo, el color ordinario de los ornamentos será el morado, siempre que no se celebre una fiesta de Santo. Mas hasta el Miércoles de Ceniza, el diácono y el subdiácono continuarán usando dalmática y túnica; pero a partir de este día se despojarán de estos vestidos de alegría, esperando que la austera Cuaresma inspire a la Santa Iglesia la exteriorización, más y más acentuada cada día, de sus tristezas por la supresión de todo lo que podría recordar aún en parte el esplendor con que solía rodear los altares en otras épocas.

[1] Junto con el Tiempo después de la Epifanía y el Tiempo después de Pentecostés, esta Temporada forma parte del Tiempo ordinario bajo el nuevo calendario.

[2] Ps. CXXXVI.

[3] II Cor., V, 6.

[4] Eccli., XV, 9.

[5] Coloss., II, 12.

Artículo original:
TUCCIARONE, Tracy. FishEaters. Septuagesima Overview. Disponible en <http://fisheaters.com/customsseptuagesima1.html>.

Extracto de dom Gueranger:
GUERANGER, dom Próspero. El año litúrgico. Burgos: Aldecoa, 1954. Tomo II: Septuagésima, Cuaresma y Pasión. Mística del Tiempo de Septuagésima (pp. 10-15). Disponible en <http://www.fsspx-sudamerica.org/fraternidad/descargar/libros/gueranger2.pdf>.

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