El Adviento: un repaso

Traducción realizada por Jules para Católicas México, el 22 de noviembre de 2015.

Tema La venida de Cristo, tanto histórica como futura
Color Morado
Sentimiento Anticipación sombría, gozosa pero restringida, en aumento cada día hasta Navidad; como el esperar de una madre encinta, inseguro y humilde hasta que dé a luz a su hijo
Símbolos Velas del Adviento; la cuna vacía; san Juan el Bautista; las Diez vírgenes
Duración Desde el cuarto domingo antes de Navidad hasta la Vigilia de esta, en la noche del 24 de diciembre.

El tercer domingo de Adviento se conoce como el “domingo de gaudete”.

El enfoque del Adviento es la preparación para la venida del Señor, tanto en conmemoración de Su Natividad como en la espera de Su retorno glorioso al final de los tiempos. Una mayoría de protestantes —y demasiados católicos— consideran equivocadamente que ese tiempo forma parte del “tiempo de Navidad”; en realidad, el tiempo litúrgico de Navidad comienza sólo en las primeras vísperas de la fiesta, el 24 de diciembre, y dura hasta la octava de la Epifanía, el 14 de enero. Continúa de forma espiritual hasta el 2 de febrero, cuando todas las celebraciones de la Infancia de Cristo dan lugar gradualmente a la Septuagésima y a la Cuaresma.

El estado de ánimo que caracteriza al Adviento es de preparación espiritual sombría que se vuelve más gozosa de día en día. Es justamente por eso que hay que denunciar con fuerza el comercialismo chillón asociado a “Navidad” tal como se hace ver hoy en día en el mundo occidental. Esta actitud debe evitarse lo más posible. El cantar villancicos (que por alguna razón siempre empieza más temprano cada año); el hablar de “Navidad” como si ya fuera una realidad presente; los árboles decorados y todo el festejo en general, todo eso es a destiempo para los católicos. Tenemos que mantener la índole santa y penitencial del tiempo del Adviento, acordándonos que nos preparamos a acoger a Cristo; no se trata de otro pretexto (como si estos no bastaran ya) para los regalos, los festines y el despilfarro.

Hay que subrayar, sin embargo, que el Adviento y la Cuaresma no son iguales en cuanto a su carácter penitencial. He aquí una reflexión del Padre Lawrence Smith que resume magníficamente este razonamiento:

El Adviento sirve para alistarse, que Cristo viene a vivir con nosotros; la Cuaresma sirve para prepararse a morir con Cristo. El Adviento hace posible a la Cuaresma; la Cuaresma hace posible a la salvación. Durante el Adviento, la eternidad se hace más cercana a la tierra; en la Cuaresma, el tiempo mismo alcanza su consumación, en el sacrificio eterno de Cristo a Su Padre. El Adviento da lugar a la vida temporal de Cristo en la tierra; la Cuaresma da lugar a la vida eterna de Cristo en el cielo. La Cruz —por medio de la santa misa, la penitencia y la mortificación— es el puente que junta el Adviento a la Cuaresma, Cristo a Su Iglesia, el hombre a Dios.

Cada uno de los tiempos penitenciales de la Iglesia es un morir al mundo con visión de obtener vida nueva en Cristo.

El apologista católico Jacob Michael escribió algo muy interesante sobre cómo el norteamericano mundano de hoy en día percibe la “Navidad”, que aparentemente comienza después del Día de Acción de gracias y termina el 25 de diciembre —y cómo enseguida hace sus resoluciones de año nuevo antes de que llegue el primero de enero—:

…lo que hacen los cristianos (o ¡deberían estar haciendo!) durante el Adviento es un presagio de lo que van a estar haciendo durante aquellos días que han de preceder a la Segunda Venida; lo que los no cristianos descuidan de hacer durante el Adviento y dejan para después de Navidad es precisamente un presagio de lo que experimentarán en la Segunda Venida.

Nosotros los cristianos hemos de prepararnos para la venida de Cristo; esta venida se simboliza y recuerda en Navidad. Los no cristianos pierden esta oportunidad de prepararse, y después toman sus resoluciones, apresuradamente, en los seis días que siguen al 25. Llegado el momento, sin embargo, ya es tarde —ya pasó Navidad, Nuestro Señor ha visitado a la tierra y ha pillado a estas almas desprevenidas—. Es precisamente así que tendrá lugar el Segundo Advenimiento de Cristo, cuando los que han postergado incesantemente las preparaciones necesarias de pronto saldrán en desbandada para poner orden en sus vidas. Pero ya será tarde para estas almas miserables; ya no habrá tiempo de arrepentimiento. En Su retorno glorioso Cristo será menos indulgente que lo fue en la Encarnación. Además no habrá temporada de cuatro semanas de advertencia previa antes de la Segunda Venida, como tenemos en el Adviento. Tampoco habrá “período de gracia” de seis días después de la Segunda Venida, como lo presume tener el mundo entre el 26 y el 31 de diciembre.

Así que, por favor, restauremos al Adviento; no proclamemos que “es Navidad” hasta que lo sea de verdad. Algo que nos ayuda a enfocarnos en este tema de la preparación es leer unas parábolas de Cristo, como la de la Higuera, la del Hombre que se va de viaje, la de los Servidores fieles y malos y la de las Diez vírgenes, todas en los capítulos 24 y 25 del Evangelio de san Mateo. Igual de gran utilidad es pensar en el santo que personifica, mejor que nadie, el espíritu de esta temporada: el gran san Juan el Bautista. Si usted tiene un ícono de este profeta, venérelo en especial ahora. Diríjasele oraciones especiales, considerando la “voz del que clama en el desierto”: ¡“abrid camino a Yahveh, trazad . . . una calzada recta a nuestro Dios”! (Jn 1,23; Is 40,3). Notaremos que las lecturas de los segundo, tercer y cuarto domingos del Adviento tratan sobre san Juan, heraldo terrenal de la venida de Cristo, quien san Efrén comparó con la Estrella de Belén, heraldo celestial de Su venida.

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San Efrén compuso el texto siguiente, que nos recuerda el mensaje del Precursor:

Para atajar toda pregunta de sus discípulos sobre el momento de su venida, Cristo dijo: Esa hora nadie la sabe, ni los Ángeles ni el Hijo. No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas. Quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que ese acontecimiento se producirá durante su vida. Si el tiempo de su venida hubiera sido revelado, vano sería su advenimiento, y las naciones y siglos en que se producirá ya no lo desearían. Ha dicho muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y todas las épocas lo esperan ardientemente.

Aunque el Señor haya dado a conocer las señales de su venida, no se advierte con claridad el término de las mismas, pues, sometidas a un cambio constante, estas señales han aparecido y han pasado ya; más aún, continúan todavía. La última venida del Señor, en efecto, será semejante a la primera. Pues, del mismo modo que los justos y los profetas lo deseaban, porque creían que aparecería en su tiempo, así también cada uno de los fieles de hoy desean recibirlo en su propio tiempo, por cuando que Cristo no ha revelado el día de su aparición. Y no lo ha revelado para que nadie piense que Él, dominador de la duración y del tiempo, está sometido a alguna necesidad o a alguna hora. Lo que el mismo Señor ha establecido, ¿cómo podría ocultársele, siendo así que Él mismo ha detallado las señales de su venida? Ha puesto de relieve esas señales para que, desde entonces, todos los pueblos y todas las épocas pensaran que el advenimiento de Cristo se realizaría en su propio tiempo.

Velad, pues cuando el cuerpo duerme, es la naturaleza quien nos domina; y nuestra actividad entonces no será dirigida por la voluntad, sino por los impulsos de la naturaleza. Y cuando reina sobre el alma un pesado sopor —por ejemplo, la pusilanimidad o la melancolía—, es el enemigo quien domina el alma y la conduce contra su propio gusto. Se adueña del cuerpo la fuerza de la naturaleza, y del alma el enemigo.

Por eso ha hablado nuestro Señor de la vigilancia del alma y del cuerpo, para que el cuerpo no caiga en un pesado sopor ni el alma en el entorpecimiento y el temor, como dice la Escritura: Sacudíos la modorra, como es razón; y también: Me he levantado y estoy contigo; y todavía: No os acobardéis. Por todo ello, nosotros, encargados de este ministerio, no nos acobardamos.

Preparativos temporales

También es el Adviento un tiempo de preparación en un sentido más terrenal. Las casas se limpian de arriba para abajo, y las golosinas como las tortas y galletas de Navidad se preparan entre familias por centenas, para ser luego distribuidas a parientes y amigos, cuando por fin llegue el día de Navidad.

Mejor es no decorar el árbol de Navidad (o, por lo menos, no prenderle las luces) hasta Nochebuena —porque el Adviento propio es penitencial—, pero sí se puede ocupar el tiempo muy bien, como por ejemplo fabricar decoraciones con los seres queridos. He aquí una receta para hacer arcilla figulina [enlace en inglés solamente].

Tarjetas de Navidad

Desde el siglo XIX, ciertos católicos envían tarjetas de Navidad durante ese momento del año, comúnmente con temas religiosos y evitando el lenguaje y las imágenes secularizados, tan prevalentes hoy en día (es decir, “felices fiestas” en vez de “feliz Navidad”; Papá Noel o duendes navideños en vez de la Virgen con el Niño…). Hay que hacer hincapié en Cristo, ¡siempre! Tarjetas de Navidad con tema religioso se vuelven cada vez más difíciles de encontrar; igual, se recomienda comprarlas de librerías católicas con bastante anticipación. Por lo menos, un mensaje católico puede añadirse dentro de una tarjeta que de otra manera sería de enfoque puramente profano. (Mientras estamos en eso, el ángel nunca dijo a los pastores, “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”, tal como se lee en la versión Reina Valera Gómez; dijo más bien, como se lee en la Vulgata, Gloria in altissimis Deo, et in terra pax hominibus bonæ voluntatis, es decir, “Gloria a Dios en lo alto del cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14), diferencia de sentido enorme; en efecto, no se comunique nunca la idea errónea de que pueda haber paz entre hombres de mala voluntad.)

De todos modos, las tarjetas deberían enviarse más o menos dos semanas antes de Navidad (digamos en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe) para asegurar que lleguen a tiempo. Las tarjetas recibidas se exponen en los álbumes familiares, en las mesas aleatoriamente o en las paredes, de las cuales penden atadas con cinta decorativa.

Y tal como en las tarjetas navideñas secularizadas, bien harían los católicos si evitaran frases políticamente correctas como “felices fiestas”, “lindas vacaciones” y todo lo demás. “Feliz Navidad” es la salutación apropiada —y si uno quiere entrar en los detalles, los católicos pueden decir “buen Adviento” o incluso “un santo Adviento a ti” hasta la primera misa en Nochebuena, y desde entonces, “Feliz Navidad” durante los doce días siguientes—. Aunque la gente no entienda inicialmente, de ahí se presenta una oportunidad a los católicos para explicar (con una sonrisa, por supuesto).

Otras costumbres

La corona de Adviento, el árbol de Jesé, las escenas de Navidad (cuyos nombres varían mucho entre regiones de habla hispana: belenes, nacimientos, pesebres, pasitos, para nombrar algunos…) y calendarios de Adviento todos forman parte de la cultura del Adviento (y cada elemento tiene su página propia en este sitio) [enlaces en inglés solamente], pero hay que subrayar aquí una costumbre en particular, una que las familias deberían intentar comenzando en el primer domingo del Adviento: el Christkindl (en alemán, Niño Jesús). María von Trapp explica:

Una vez más, entra la madre con el tazón en la mano, el cual pasa a los demás. Esta vez están escritos en los pedacitos de papel los nombres de cada miembro de la familia. Los papelitos están cuidadosamente enrollados, pues el sorteo tiene que hacerse en secreto. El nombre de la persona que uno sortea está ya bajo su cuidado especial: a partir de ese día hasta Navidad, tiene que hacerle tantos pequeños favores como pueda. Tiene que hacerle al menos una sorpresita cada día —sin que el/la receptor(a) se entere de quién se la hizo—. Resulta un maravilloso ambiente de suspenso alegre, bondad y atención amorosa. Quizá hoy usted descubra que alguien le ha hecho la cama, pulido los zapatos o informado, discretamente en una tarjeta de santo, que “hoy recé un rosario por ti” o que se ha ofrecido unos sacrificios por usted. La nueva relación se llama Christkindl (Niño Jesús) en el viejo país, donde los niños tienen la creencia de que el Niño Jesús mismo es el que trae el árbol de Navidad y los regalos que debajo de él se colocan.

Lo más lindo en esta tradición es que la relación es recíproca. La persona cuyo nombre sorteo se convierte para mí en el Niño Jesús, indefenso en el pesebre; y en cuanto hago estos muchos actos de amor y consideración por un miembro de mi familia, los hago en realidad por el Infante de Belén, según está escrito, “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo”. Es por eso que esta persona en particular se convierte en mi Christkindl. Al mismo tiempo, también soy yo el Christkindl de la persona que recibe mi atención porque quiero imitar al Santo Niño y prestar estos pequeños servicios con el mismo espíritu que Le animó a Él en aquella casita de Nazaret, donde en Su infancia sirvió a Su Madre y Su padre adoptivo con semejante amor y devoción.

Varias veces durante la semana se oyen exclamaciones tales como “¡Qué fenomenal Christkindl tengo este año!”, o “¡Cielos! ¡Se me olvidó hacer algo por mi Christkindl, y ya es hora de cenar!” Costumbre muy agradable, contribuye grandemente a crear el verdadero ambiente de Navidad y su práctica tiene que darse a conocer por montes y valles.

Las últimas siete noches del Adviento se conocen como “las noches doradas” y en aquellos días la cercana venida de Nuestro Señor se siente ya más fuerte, viva, intensa. Las antífonas O (o antífonas mayores) se cantan en las vísperas y las familias pueden practicar devociones especiales.

Lectura

“Mística del Adviento”

De El año litúrgico de dom Próspero Gueranger

Si, después de haber detallado las características que distinguen al tiempo del Adviento de cualquier otro tiempo, queremos penetrar ahora en las profundidades del misterio que ocupa a la Iglesia durante este período, hallaremos que el misterio del Advenimiento de Jesucristo es a la vez simple y triple. Simple, porque es el mismo Hijo de Dios el que viene; triple, porque viene en tres ocasiones y de tres maneras.

En el primer Advenimiento, dice san Bernardo en el sermón quinto sobre el Adviento, viene carne y debilidad; en el segundo viene en espíritu y poderío; en el tercero viene en gloria y majestad; el segundo Advenimiento es el medio por el que se pasa del primero al tercero.”

Este es el misterio del Adviento. Oigamos ahora la explicación que Pedro de Blosio nos da de esta triple visita de Cristo, en su sermón tercero de Adventu: “Hay tres Advenimientos del Señor, el primero en carne, el segundo al alma, el tercero en el día del juicio. El primero ocurrió en medio de la noche, según la frase del Evangelio: Se oyó un clamor en medio de la noche: He aquí el Esposo. Este primer Advenimiento ya pasó: porque Cristo apareció en la tierra y convivió con los hombres. Ahora estamos en el segundo Advenimiento: pero con tal de que seamos dignos de que venga a nosotros; porque Él ha dicho que si le amamos, vendrá a nosotros y hará en nosotros su morada. Por consiguiente, este Advenimiento no es para nosotros algo completamente seguro, porque ¿quién, sino solamente el Espíritu divino, conoce los que son suyos? Aquellos a quienes el ansia de las cosas celestiales saca fuera de sí mismos saben cuándo viene, pero no de dónde viene ni adónde va. En cuanto al tercer Advenimiento, es seguro que ha de ocurrir; pero muy incierto cuándo ocurrirá: puesto que no hay nada tan cierto como la muerte pero tampoco tan incierto como el día de la muerte. En el preciso momento en que se hable de paz y seguridad, dice el Sabio, aparecerá repentinamente la muerte, como aparecen en el seno de la mujer los dolores del parto, y nadie podrá huir. La primera venida fue, pues, humilde y oculta, la segunda misteriosa y llena de amor, la tercera será resplandeciente y terrible. En su primer Advenimiento Cristo fue injustamente juzgado por los hombres; en el segundo nos hace justos por la gracia; en el tercero juzgará en justicia a todo lo criado; en el primer Advenimiento fue Cordero, en el último será León, en el segundo Amigo rebosante de ternura”[1].

La Santa Iglesia aguarda, pues, durante el Adviento con lágrimas e impaciencia la venida de Cristo en su primero Advenimiento. Y así, se hace eco de las ardientes expresiones de los Profetas, las que añade sus propias súplicas. Las ansias de Mesías no son, en boca de la Iglesia, un simple recuerdo de los anhelos de antiguo pueblo: tienen un valor real, una eficaz influencia sobre el gran acto de la generosidad del Padre celestial, que nos dio a su Hijo. Desde toda la eternidad, las oraciones reunidas del antiguo pueblo y las de la Iglesia cristiana estuvieron presentes ante el divino acatamiento; y fue después de haberlas oído y escuchado todas, cuando se decidió a enviar en su debido tiempo a la tierra este celestial rocío que hizo germinar al Salvador.

La Iglesia ansia también al segundo Advenimiento, consecuencia del primero, y que consiste como acabamos de verlo, en la visita que el Esposo hace a la Esposa. Este Advenimiento ocurre todos los años en la fiesta de Navidad; un nuevo nacimiento del Hijo de Dios liberta a la sociedad de los Fieles, del yugo de la esclavitud que el enemigo quisiera imponerle[2]. Durante el Adviento la Iglesia pide, pues, ser visitada por el que es su Jefe y Esposo, visitada en su Jerarquía, en sus miembros, vivos unos y otros ya difuntos pero que pueden volver a la vida; y por fin en todos los que no están en comunión con ella, en los mismos infieles para que se conviertan a la luz verdadera, que también para ellos luce. Las expresiones de la Liturgia, que emplea la Iglesia para pedir este amoroso e invisible Advenimiento, son las mismas que aquellas por las cuales solicita la venida del Redentor en la carne; porque proporcionalmente la situación es idéntica. En vano hubiera venido el Hijo de Dios, hace diecinueve siglos, si no volviera a venir para cada uno de nosotros y en cada momento de nuestra existencia, para procurarnos y fomentar en nosotros esa vida sobrenatural cuyo principio es Él y el Espíritu Santo.

Pero esta visita anual del Esposo no colma los deseos de la Iglesia: suspira todavía por el tercer Advenimiento que será la consumación de todo y la abrirá las puertas de la eternidad. Conserva en su memoria la última frase del Esposo: He aquí que vengo a su tiempo[3]; y dice con fervor: ¡Ven, Señor Jesús![4] Tiene prisa por verse libre de la sujeción del tiempo; suspira por ver completo el número de los elegidos y por ver aparecer la señal de su Libertador y Esposo sobre las nubes del cielo. Hasta allí, pues, se extiende el sentido de los deseos que expresa en su Liturgia de Adviento; esa es la explicación de la frase del discípulo amado en su profecía: He aquí las bodas del Cordero, y la Esposa está preparada[5].

Mas, el día de la llegada del Esposo será también un día terrible. La Santa Iglesia tiembla con frecuencia con el solo pensamiento del tremendo tribunal ante el que comparecerá todo el mundo. Califica a este día de “día de ira, del cual dijeron David y la Sibila que reduciría al mundo a cenizas; día de lágrimas y espanto.” Y no es que tema por sí misma, habiéndose de colocar sobre su frente en ese día la corona de Esposa de un modo definitivo; pero su corazón maternal tiembla ante la idea de que muchos de sus hijos estarán a la izquierda del Juez, y que privados de toda sociedad con los elegidos, serán arrojados para siempre, atados de pies y manos, en las tinieblas donde no habrá más que llanto y crujir de dientes. He ahí la razón por la que se detiene la Iglesia con tanta frecuencia, en la Liturgia del Adviento, a considerar el Advenimiento de Cristo como un Advenimiento terrible y, en las Escrituras, elige los trozos más a propósito para despertar un saludable terror en el alma de aquellos de sus hijos que tal vez duerman en el sueño del pecado.

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Este es, pues, el triple misterio del Adviento. Ahora bien, las formas litúrgicas de que se halla revestido son de dos clases: consisten las unas en oraciones, lecturas y otras fórmulas en que se emplean las palabras para traducir los sentimientos que acabamos de exponer; las otras consisten en ritos externos característicos de este santo tiempo y destinados a completar la expresión de los cantos y de las palabras.

Por el color de duelo que se cubre, la Santa Iglesia quiere hacer sensible a los ojos del pueblo la tristeza que embarga su corazón. Exceptuando las fiestas de los Santos, no usa más que el color violeta; el Diácono deja la dalmática, y el Subdiácono la Túnica. Antiguamente se llegó a usar el color negro en varios lugares, como Tours, Mans, etc. Este duelo de la Iglesia indica claramente con cuánta verdad se asocia a los verdaderos Israelitas que esperaban al Mesías en la ceniza y el cilicio, y lloraban la gloria eclipsada de Sión, y el “cetro arrebatado a Judá, hasta que venga el que ha de ser enviado, el que es el ansia de las naciones”[6]. Significa también las obras de penitencia por las que se prepara al segundo Advenimiento lleno de dulzura y misterio, que se realiza en los corazones en la medida que aquellos se muestran sensibles a la ternura que les manifiesta este divino Huésped que dijo: Mis delicias son estar con los hijos de los hombres[7].

Finalmente traduce el desconsuelo de esta viuda, en espera del Esposo que tarda en llegar. Cuál la tórtola, gime sobre la montaña, hasta sentir la voz que la ha de decir: “Ven del Líbano, Esposa mía; ven y serás coronada, porque has herido mi corazón”[8].

La Iglesia suspende también durante el Adviento, fuera de las fiestas de los Santos, el empleo del Himno angélico: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis. Efectivamente, este maravilloso cántico se oyó por vez primera en Belén en la gruta del Niño Dios; la lengua de los Ángeles permanece todavía muda; la Virgen no ha depositado aún su divina carga; no es tiempo todavía de cantar, aún no es propio entonar: “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!”

Tampoco deja oír el Diácono al fin de la Misa aquellas solemnes palabras con que despide a la asamblea de los fieles en tiempo ordinario: Ite, missa est. En su lugar exclama: Benedicamus Domino! como si la Iglesia tuviese miedo de interrumpir la oración de los fieles, que no debería ser nunca demasiado larga en estos días de espera.

En el Oficio Nocturno, la Santa Iglesia suspende también, durante estos días, el cántico jubiloso del Te Deum laudamus. Espera en la humildad el don divino y por eso durante esta expectación no sabe hacer otra cosa que pedir, suplicar y esperar. Ya llegará la hora solemne en que el Sol de justicia aparezca de repente en medio de las más oscuras tinieblas: entonces recobrará ella su voz de acción de gracias; y el silencio de la noche hará eco, en toda la tierra, a este grito de entusiasmo: “Te alabamos, oh Dios; te ensalzamos, oh Señor. ¡Oh Cristo, Rey de la gloria, Hijo eterno del Padre! para libertar al hombre no tuviste horror al seno de una pobre Virgen.”

Los días de feria, antes de terminar cada hora del Oficio, las Rúbricas del Adviento prescriben oraciones especiales que se deben hacer de rodillas; en esos mismos días el Coro debe permanecer también en esa postura durante una buena parte de la Misa. Bajo este aspecto, las prácticas del Adviento son idénticas a las de la Cuaresma.

No obstante eso, existe un rasgo característico que distingue a estos dos tiempos: el canto de la alegría, el jubiloso Aleluya no queda suspendido durante el Adviento, a no ser en los días de feria. Continúa cantándose en la Misa de los cuatro domingos, formando contraste con el sombrío color de los ornamentos. Incluso hay una dominica, la tercera, en que el órgano recupera su amplia y melodiosa voz y el triste color violeta es reemplazado unas horas por el color de rosa.

Este recuerdo de las alegrías pasadas, que es bastante frecuente en las santas tristezas de la Iglesia, es también suficientemente elocuente para significar que, aunque se una al pueblo antiguo para implorar la venida del Mesías y pagar de esta manera la gran deuda que la humanidad ha contraído con la justicia y bondad divinas, no olvida a pesar de todo, que el Emmanuel ha venido ya para ella, que está a su lado y que antes de que mueva los labios pidiendo redención, se encuentra ya rescatada y señalada para la unión eterna con su Esposo. He ahí por qué el Aleluya se mezcla con sus suspiros y las alegrías con las tristezas, en espera de que el gozo venza al dolor en aquella sagrada noche, que será más radiante que el más esplendoroso día.

Artículo original: Tucciarone, Tracy, “Advent Overview”, FishEaters, disponible en: <http://www.fisheaters.com/customsadvent1.html>.

Extracto de San Efrén: “Vigilad, pues vendrá de nuevo”, Corazones.org, Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María, disponible en: <http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/adviento/adviento_jueves1.htm#San_Efren>.

Extracto de dom Gueranger: Gueranger, dom Próspero, “Mística del Adviento”, El año litúrgico (1856), disponible en: <http://www.fsspx-sudamerica.org/fraternidad/descargar/libros/gueranger1.pdf>, p. 54.

[1] De Adventu, Sermo III.

[2] Colecta del día de Navidad.

[3] Apoc., XXII.

[4] Ibíd.

[5] Apoc., XIX, 7.

[6] Gen., XLIX, 10.

[7] Prov., VIII, 31.

[8] Cant., IV, 8.

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